Hablarle al miedo

Es entender el idioma de los dientes,

de los músculos rígidos e inmóviles,

de los huesos que duelen

si por accidente se mueven.


Es arrebatarle tiempo a la vida.

Sentirse vulnerable, indefenso, impotente.


Sentir que cada poro está a merced de lo que ocurra,

como pase, cuando llegue.

¡Que ya llegue!


Hablarle al miedo 

es susurrarse palabras de aliento:

– Todo estará bien.

– Mejorará pronto, lo prometo.

Y descubrir mientras las dices 

que no son nada, sólo viento.


Es querer abandonar, no un lugar,

sino el cuerpo.

Éste no alcanza, no basta,

tanta oscuridad no cabe adentro.


Para hablarle al miedo hay que pertenecerle al silencio.

No hay latidos, ni pensamientos.

Paralizado y desvalido,

permanece uno sintiendo que todo se desgarra dentro.


El miedo, el verdadero miedo,

no cabe en conversaciones vanas.

No son las alturas, ni las ratas.


Es estar aquí, sentir esto y 

no saber si habrá un mañana.


Hablarle al miedo

es mantener una conversación pendiente,

siempre abierta.


Es olvidarse de uno,

de recordar que me pertenezco.

También soy esto y así me quiero.

También soy esto y me amo por ello.


Tanto, que me aferraré a este cuerpo,

atravesaré la noche,

moriré mil veces y

amaneceré de nuevo.

Publicado en: Funámbulismos

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