Remorderse…

Uno se remuerde,

la boca, el insensato labio,

la traviesa lengua, el no espacio.

El recuerdo de aquel parque, la ligera ropa,

la mano curiosa que abrasa y arde.

Uno se remuerde el pecado, la llama oculta,

el crujir cadencioso de la estructura ósea.

La manzana propia y la ajena,

la uva y la cava.

Uno se remuerde despacio, lentamente,

como se lame cada pendiente,

tirándose libremente

en el vacío que se llena y se vierte.

Uno se remuerde ante el vicio de quererse,

de sentirse propio en los otros,

de tenerse y no detenerse.

Uno, qué es uno sin remorderse.

Sin probarse el tuétano y sorberse.

Sin saber que cuando uno muerde,

a veces y sólo a veces se sangra

y duele.

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