Ella…

Recuerdo que la primera vez que la escuche tuve que parar frente a un restaurante en el centro y comprar un café. Quería sentir lo que ella, imitarlo cuando menos.

-Una taza de café caliente, por favor.

El trago fue tan fuerte que me quemo la garganta. Nada grave. Lo realmente importante fue lo que ocurrió cuando escuché There is no greater love.

Pocas veces han caído lágrimas tan espontaneas y sanadoras como las de ese momento.

En su voz, uno identifica los cristales que se le clavaron desde hace tiempo. Uno los escucha tan claros que parece tener enfrente un espejo.

Fue hermoso escucharla y dejarse arropar con la promesa de que llegarían mejores tiempos.

Su voz, para mí, en ese café perdido en el laberinto que me significaba en esas fechas la ciudad, fue lo que imagino es un ojo de huracán.

Nadie me había hecho estar tan aquí y tan allá. Nadie me había hecho sentir tan identificado como ella lo logro en un verso.

Han pasado cuatro años sin ella y todo lo que escucho parece tener menos gracia.

Falta su voz ronca y rota, falta querer entrar a una tienda con la desesperación de encontrarse a uno mismo.

A lo que uno le duele, a lo que uno sueña, a lo que uno siempre, siempre volverá….

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