Dicen los que saben, porque aunque yo estuve no lo sé, que la primera palabra que pronuncié fue “agua”….

Nada particular, menos aún sentimental. Cuatro letras dichas con una entonación confusa, por titubeante: trisilábica…

-A-gu-a…

-¿Agua?, ¿dijo agua?…

-¡¿Agua?!…

Si me lo preguntan, yo creo que mi primera palabra realmente fue sed…

Hace algunos días, cavando en ello, me descubrí inmerso en una laguna. En un entorno turbio, casi intangible, extrañamente desierto. ¿Cuál, cuál habrá sido mi primera frase en tinta, cuál mi primera palabra escrita? ¿Habrá quien la recuerde? ¿Por qué yo no?…

¿Fue a crayola, con lápiz, con la pluma de un quetzal, a gis o con la sopa? ¿En una hoja de maple, en el plato, en algún muro o en la mano?…

Porque de que hubo un inicio, lo hubo. ¿O no?…

Digo, se entiende el olvido rutinario, pero la extrañeza del atrevimiento, de lo novedoso, desde mi punto de vista, debería ser algo distinto…

Con los seres humanos ¿pasará lo mismo? Es decir, navegando en la idea de que hay un ser que nos crea, nos diseña, que quizá nos escribe, y tal vez, arrogancia aparte, hasta nos lea. ¿Sabrá Él la fecha de nuestro nacimiento? ¿Con qué palabra iniciará cada historia? ¿Escribe letras, ideogramas, jeroglíficos, historietas? …

¿Cuál será nuestra primera letra? Yo, por ejemplo, creo que fui antes que todo, una mancha en una tabula rasa. Aunque quizá fueron tres, ojalá tres…

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